UN CICLÓN LLAMADO JOE BIDEN. “RESETEO” GENERAL A LOS ESTADOS UNIDOS

La cuarta semana de enero de 2021 alberga uno de los hechos más importantes, no solo del año político mundial que arranca, sino de la historia de la década: la jura solemne de su cargo como presidente número 46 de los Estados Unidos de América del demócrata Joe Biden, el hombre que durante toda su vida soñó con acceder a esta altísima magistratura y que ahora, en el ocaso de su vida, culmina su sueño. Los lamentables sucesos que abochornaron al mundo entero el pasado 6 de enero, con el asalto al capitolio, y el enconamiento social fomentado por el enloquecido presidente saliente, han hecho que la primera potencia del mundo sea durante estos días un país, literalmente, militarizado.

Washington es, desde hace más de una semana, una ciudad blindada. Es prácticamente imposible acceder a sus arterias principales y mucho menos a su núcleo central sin perderse a través de la locura que suponen decenas de cortes y desvíos concatenados y unas medidas de seguridad sin precedentes. Los terribles sucesos vividos el pasado 6 de enero con el asalto al Capitolio por parte de una turba enloquecida hacen que la toma de posesión del miércoles 20 de enero de Joe Biden como cuadragésimo sexto presidente de los Estados Unidos sea algo más que atípica. Será festiva y jubilosa para más de la mitad de los norteamericanos que le han votado y para la mayor parte del mundo civilizado, pero con menos boato que en otras ocasiones. Es lamentable, pero el fanatismo ha obligado a ello. 

Una jura bajo vigilancia extrema

Joe Biden, un anciano de casi 79 años, había soñado toda su vida con este momento. Pero ni para él, ni para ninguno de sus más directos colaboradores -comenzando por su vicepresidenta, Kamala Harris-, ni para sus votantes, simpatizantes y miles de personas en todo el mundo, será una toma de posesión más. Su propio protagonista ha tenido que renunciar a su deseo de llegar a Washington en tren desde la ciudad de Wilmington, en Delaware, como homenaje a la pasión irrefrenable que desde niño siempre sintió por los ferrocarriles. Sí jurará su cargo junto a Kamala Harris en las escalinatas del Capitolio, las de su fachada oeste. Así lo manda la tradición y así será también en esta ocasión. Nada más y nada menos que 25.000 efectivos de la Guardia Nacional, en un despliegue sin precedentes, velarán porque nada ocurra. No en vano la inquietud es máxima y Washington, más que nunca capital del mundo durante estos días, es una ciudad que contiene la respiración en una suerte de ansiedad que tardará en mitigarse.

En los últimos días, al menos un individuo -que sepamos- ha sido detenido en los alrededores del Capitolio, con armamento y más de 500 balas en su poder provisto de una acreditación falsa. El sujeto ha declarado ser parte del operativo de seguridad, pero este extremo no ha podido ser comprobado. Capitolios y otros edificios oficiales de la práctica totalidad de los estados han visto reforzada también su seguridad.

Las excepcionales circunstancias que rodean a esta toma de posesión por la terrible pandemia que sufrimos hace ya casi un año, que ya obligaban necesariamente a que fuera más «virtual» que nunca, y ese despliegue de seguridad sin precedentes, no van a restar ni un ápice de emoción a la jura de Joe Biden. Durante la misma, se escucharán las notas de la que fuera la canción favorita de su hijo, tristemente fallecido de manera prematura: «You Get What You Give», de «New Radicals». El tema es de 1998 y este grupo vuelve a reunirse ahora, estrictamente, por este motivo. Precioso. No faltarán, como asistentes distinguidos a esta ceremonia, Lady Gaga, Justin Timberlake, Bruce Springsteen y otras figuras míticas de la canción y de la escena norteamericana. 

Nuevos actores para un protocolo centenario que encara un tiempo nuevo

La jura tiene algunos elementos muy novedosos y que la hacen particularmente atractiva; por ejemplo, el hecho de que, por vez primera en la historia, no habrá cabida para una “segunda dama” sino para un “segundo caballero”. Se trata del esposo de la flamante vicepresidenta, Kamala Harris, ya que es la primera vez que una mujer accede a este cargo. Harris que jurará su cargo frente a la primera jueza latina del Tribunal Supremo. Nuevos aires -mejor dicho, nuevos vendavales- de modernidad y de aire fresco que sacudirán, en este caso para bien, los cimientos de la anquilosada política norteamericana. Harris se convertirá además en presidenta del Senado, para lo que renunciará -es la ley- a su escaño obtenido por California. Se abrocha así la mayoría demócrata en ambas cámaras, lo que dará mayor tranquilidad al nuevo presidente a la hora de gobernar.

Un «ciclón” llamado Biden. Un marco legislativo nuevo y revolucionario

Pero habrá más, mucho más… a pesar de su edad, Joe Biden «amenaza» con dejarnos casi sin aliento porque inmediatamente después de tomar posesión como «comandante en jefe» se propone promulgar no menos de diez decretos para borrar de un plumazo todo el oprobio legislativo «Trumpista», como forma más inmediata de comenzar a restañar, desde el primer día, parte del inmenso daño infligido a la nación y al mundo entero. Entre estas primeras medidas figuran programas de alivio económico para familias trabajadoras que han sufrido como nadie la terrible crisis económica que ha sucedido a la sanitaria, la ampliación de las moratorias contra los desahucios, prórrogas para la devolución de los préstamos universitarios -algo capital en Estados Unidos donde casi todos los estudiantes necesitan recurrir a becas que luego deben devolver en los primeros años de su vida laboral- y otras fuera ya del ámbito estrictamente económico: la implantación del uso obligatorio de mascarilla en todos los edificios federales que hasta ahora, increíblemente, no era observado, o la reversión de las restricciones sobre la incorporación de transexuales a las Fuerzas Armadas norteamericanas. Todo un ciclón, como se ve. Todo un paquete de «repudio legislativo» a su antecesor que se verá coronado por otra decisión «estrella»: la firma de la reincorporación de los Estados Unidos a los acuerdos medioambientales de París. Biden se propone restañar también parte de los latrocinios perpetrados por el loco, homófobo e histriónico Trump en materia migratoria: rescindirá con carácter inmediato el veto migratorio a ciudadanos procedentes de países musulmanes. 

No creo que haya nadie en su sano juicio que dude que el cambio en el rumbo de la política interna y exterior norteamericana va a ser histórico, radical… de 180 grados. Pero por si acaso quedara alguien que no visualice la magnitud del golpe de timón, que piense también en cómo se verán afectadas todas las directrices que tienen que ver con el comercio mundial, con el respeto a los derechos humanos o el ya mencionado cambio climático.

Joe Biden se propone que, la que ha venido en llamarse pomposamente «era Trump», no sea más que un mal recuerdo; y esto va a quedar meridianamente claro desde el primer minuto, desde su toma de posesión. Un acto solemne al que Donald Trump no asistirá -mal perdedor hasta el final- a diferencia de Bush, que sí asistió a la de Obama. Me atrevo a decir que mejor que no lo haga. A miles de millones de personas en el mundo les resultaría desagradable volver a ver el «careto» de un individuo que deja un país más dividido y fracturado socialmente que nunca, salvo durante la época de la Guerra de Secesión.

En realidad, creo que sí tendremos la oportunidad de volver a ver a este miserable; un tribunal internacional ha dictado ya contra él una orden por el asesinato del general Soleimani, uno de los hombres fuertes del régimen iraní con el que Trump tensó la cuerda al máximo al romper los acuerdos sobre no proliferación nuclear que había formado Barack Obama en 2015.

Adiós a los tiempos rancios… ¡hasta nunca, Trump!

Joe BIden se ha pronunciado ya con respecto a la ausencia de Donald Trump – y de su esposa Melania- en su toma de posesión y no ha dudado en calificarla como una buena noticia: “Trump ha sido una vergüenza para EEUU y para el mundo y no ha sido digno de ocupar este cargo”, ha sentenciado el flamante presidente. Recordemos en cualquier caso que la asistencia a esta ceremonia del presidente saliente ha sido, tradicionalmente, una muestra histórica del compromiso del anterior mandatario con una transición pacífica de poder entre dos administraciones. Al menos el ya exvicepresidente, Mike Pence, mantiene la dignidad institucional y sí asistirá a la ceremonia. Será el último eslabón de un tiempo viejo y rancio que con Trump se aleja… para siempre.

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