DEL ESPÍRITU DE ERMUA, DEL FIN DE ETA Y DE LA COMPLICIDAD NACIONALISTA

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Se cumple el próximo 12 de julio 20 años, ¡veinte ya…!, del cruel asesinato del concejal del PP en Ermua, Miguel Ángel Blanco. Unos días marcados ya para siempre en la historia de España, en la del País Vasco, en la de la banda criminal ETA -que ya no mata desde hace años, aunque sigue sin disolverse, y en la del mal llamado problema vasco, podrida creación de la derecha española desde finales del siglo XIX.

¿ETA? ¿Qué era eso?

Los más jóvenes, los ‘millennials’ y quienes han llegado a la vida en la generación de internet y de los ‘yotubers’, no es que no sepan quién era Blanco… es que apenas sabrán qué cosa es, era, ETA. Bien está, seguramente… pero los que hemos doblado con generosidad la cuarentena, tenemos la obligación de recordarlo y de seguir rindiendo homenaje a la memoria de aquellos héroes, que sacrificaron los mejores años de su vida o, directamente la perdieron, luchando y trabajando para que España se convirtiera en algo mejor de lo que era. Muchos de ellos eran civiles anónimos, otros, miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y otros políticos… sí, políticos. Servidores públicos que se jugaban la vida, cada mañana, para ir al ayuntamiento de su pequeño pueblo, mirando debajo del coche o esperando a su escolta, variando cada día de horario e itinerarios -porque tu vecino podía ser, en muchos casos era, un chivato de los etarras que anotaba tus costumbres-  y condenados a no vivir como la gente normal, que lleva a sus hijos al parque y toma café en el bar de su calle. También había periodistas… sí, periodistas, que recibían/ recibíamos indicaciones de la policía y de la Guardia Civil, en Euskadi y en Madrid, porque en aquel entonces, ETA era ‘un Estado dentro del Estado’ y claro… nunca sabías. Eran tiempos en los que la información -de todo tipo y procedencia- ‘volaba’, y no era raro que incluso en grandes empresas, algunas multinacionales con sede en la capital de España hubiese gente que no era quien parecía ser. Gentes que ‘tenían familia o amigos arriba’… o ni siquiera. Así era la España de la época y así era el País Vasco de entonces, porque así lo quería parte de eso que ahora se denomina pomposamente, su cuerpo social. Eran tiempos en los que Herri Batasuna y sus posteriores marcas, brazo político de ETA, recibían más de doscientos mil votos en las tres provincias vascas.

El ‘espíritu de Ermua’.

Era una España a cuyo gobierno acababa de llegar el PP de José María Aznar hacía poco más de un año. Con un joven ministro del Interior, Jaime Mayor Oreja, que conocía muy bien las claves de aquella maldita guerra que no era tal, porque solo asesinaba un bando. Las conocía porque era de allí y porque provenía de la UCD vasca de primeros de los 80 a la que ETA había exterminado -digo bien porque ETA los había matado a casi todos-… a sus dirigentes y la mayoría de sus cargos electos en los ‘años de plomo’, a caballo entre los últimos 70 y los primeros 80. Habían quedado vivos Jaime Mayor y muy pocos más.

El secuestro, asesinato a cámara lenta lo ha denominado Fernando Lázaro en ‘El Mundo’, supuso el principio del fin del apoyo ciudadano del que la banda criminal -a la que en aquella tierra donde entonces reinaba la ‘omertá’ apenas se llamaba por su nombre- gozó durante décadas. Un respaldo, en parte hijo del miedo pero también de aquella leyenda que ETA conservaba como ‘organización armada’ cimentada en la lucha contra la dictadura franquista pero que seguía luchando por la ¿libertad? de Euskadi cuando el dictador llevaba ya más de veinte años muerto. Muchos recordamos bien aquellas imágenes, inéditas, sorprendentes, tremendas, de miles de personas rodeando las sedes batasunas gritando ‘Vascos sí, ETA no…’ o ‘No son vascos, son hijos de p…’

Emocionantes escenas de los ertzaintzas quitándose los pasamontañas que llevaban siempre, por miedo a ser reconocidos fuera de servicio, abrazándose espontáneamente con sus vecinos. Había nacido el ‘Espíritu de Ermua’, que acaudilló un político local hasta entonces desconocido, el alcalde socialista de aquel pueblo, Carlos Totorika, que a muchos nos hizo pensar que ETA se había acabado… para siempre.

A esta reacción ciudadana no fue ajena la especial saña con la que los pistoleros diseñaron y perpetraron el crimen. Un secuestro fácil, de un chico que no llevaba escolta alguna y al que mantuvieron 48 horas en el maletero de un coche del que solo le sacaron para dispararle en la nuca -los etarras nunca fueron tipos precisamente valientes- chapuceramente… porque ni siquiera fueron capaces de ahorrarle aún más horas de agonía; Miguel Ángel Blanco llegó con vida al hospital. Era la cruel venganza de la banda tras el éxito policial que había supuesto la liberación de José Antonio Ortega Lara, funcionario de prisiones que pasó 532 días enterrado en vida en un zulo. Las imágenes de aquel muerto viviente en que habían convertido a Ortega dieron la vuelta al mundo. Las de la ambulancia trasladando al hospital a un Blanco Garrido aún con un hilo de vida, también, para rabia y vergüenza de la gran mayoría de los españoles.

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¿El fin de ETA?

Pocos días después, las calles de Madrid vieron la mayor manifestación desde la que tuvo lugar en defensa de la democracia tras el intento de Golpe de Estado del 23 de febrero de 1981. Los españoles, de izquierdas y de derechas, salían de nuevo unidos, dieciséis años después para manifestarse contra otra forma de fascismo, el de los pistoleros etarras que aún aspiraban a convertir el País Vasco en una suerte de Albania del Cantábrico.

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¡Qué equivocados estábamos! Apenas un año después, el siempre equidistante Partido Nacionalista Vasco que durante décadas vivió de azuzar al independentismo criminal en la Euskadi más profunda para presentarse como el único muro de contención posible en Madrid, firmaba con los abertzales el pacto de Lizarra. No por casualidad, se había elegido un emblemático municipio del sur de Navarra, dentro de la sempiterna falacia -otra más- de que en la pseudohistoria del nacionalismo vasco, Navarra -‘Nafarroa’-, al igual que el ‘País Vasco francés -‘Iparralde’- también eran Euskadi. ETA estaba herida, pero no muerta. Bien lo sabían los que preconizaban aquella doctrina política según la cual ‘unos movían el árbol y otros recogían las nueces’. Aún quedaban por delante años de terror y decenas de crímenes más. Solo la eficaz acción policial, la colaboración francesa y norteamericana y el convencimiento de la mayoría de que ETA nunca fue realmente una organización revolucionaria sino una mafia criminal delineada para extorsionar y recaudar ingentes cantidades de dinero, pudieron acabar con el monstruo. En su macabra historia casi mil asesinatos de los cuales, 373 aún continúan sin autoría esclarecida.

EURICO CAMPANO

EUPREPIO PADULA

Presidente de Padula&Partners. Experto en liderazgo político y empresarial. Colaborador de diferentes medios de comunicación.

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