LUIGI. LA OPORTUNIDAD DE VIVIR Y SER FELIZ

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CAPÍTULO I DEL LIBRO, CREE,LUCHA,LOGRA DE EUPREPIO PADULA

LUIGI. LA OPORTUNIDAD DE VIVIR Y SER FELIZ

«El objetivo de la vida es nacer plenamente, pero la tragedia consiste en que la mayor parte de nosotros muere sin haber nacido verdaderamente. Vivir es nacer a cada instante.»
Erich Fromm

Nunca podré olvidarme de aquel 20 de diciembre de 2013. Mientras fuera el frío arreciaba y la lluvia llenaba las calles de Madrid de aquel brillo especial que dan las luces que se reflejan en el asfalto, yo estaba agotando los últimos días de trabajo intentando cerrar todos los temas pendientes para poder irme tranquilo a ver mi familia en Italia.
De repente, entre los muchos sobres rellenos de felicitaciones de Navidad, cada vez menos numerosos por el uso masivo del correo electrónico y de los dichosos Christmas on line, apareció una carta con sello italiano y una dirección de Napoli.
No, no era un Christmas, ni un curriculum vitae de un candidato a formar parte de la plantilla de mi empresa, sino una carta:

Caro Dottor Padula,

Soy Luigi Esposito, de Napoli. Le escribo para hacerle una pregunta que para mí es muy urgente. Tengo muchas referencias suyas por parte de Alfonso Picone, su cliente en Roma, y me tomo la libertad de escribirle porque no sé cómo solucionar un problema que ojalá usted pueda de alguna forma ayudarme a resolver.

Llevo toda la vida leyendo libros de autoayuda, decenas de tratados sobre filosofías orientales, practico la meditación, el yoga y, especialmente, intento aplicar a la vida de todos los días las enseñanzas que estas lecturas me han dado, junto con la psicoterapia que he hecho en el pasado, obligado desde cuando era niño por mis padres. Sí, mis padres, que siempre me han visto como algo raro, una especie de marciano nacido en esa casa por casualidad o error. Psicoterapia que, por cierto, con el tiempo se ha vuelto para mí adictiva, una dependencia que ya no pongo en discusión.

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Bueno, a lo que iba, he conseguido en mi vida superar problemas muy graves, como el uso de las drogas desde los quince años y la propensión a la autodestrucción (con inclinaciones al suicidio incluidas hasta los veinte años), y hoy puedo decir que estoy bastante bien. Incluso en la esfera sentimental he conseguido aceptar mi sexualidad «algo rara», según todos, que me ha llevado siempre a tener sexo con hombres y mujeres sin hacer grandes diferencias. Sexo sin buscar amor o, mejor dicho, sin ninguna posibilidad de encontrar una relación estable que se pudiera parecer en algo a las que me han rodeado siempre. He aceptado que no voy a tener nunca ninguna relación estable y de esto no hago ningún drama especial.

Vivo la vida como un flujo, sin preguntarme si he alcanzado o no las etapas obligatorias que te deberían llevar, como buen discípulo de familia burguesa, a licenciarte, casarte, tener hijos y algo de pasta para no necesitar nadie que te mantenga. En fin, se podría decir que soy un hombre normal y exitoso. Sí, exitoso, porque, a pesar de ser el crápula de la familia, mi instinto de supervivencia y la ganas de libertad me llevaron pronto a usar aquel poco dinero que mis padres me daban para que me olvidara de las drogas para montar una pequeña tienda de ropa. Una tienda como la de mis padres, tenderos de toda la vida, en el centro de Napoli, artistas del regateo y de los pequeños timos.

Nunca he querido ser como ellos, sin embargo para mí abrir Pequeños caprichos divinos era el desafío necesario para liberarme de su peso. Ese proyecto que empezó tímido y sin que nadie apostara por mí ni un céntimo tuvo tanto éxito que muy pronto se ha ido multiplicando y hoy, para hacer corta la historia y no aburrirle, después de diez años, me encuentro regentando ocho tiendas, con una facturación que supera los diez millones de euros y responsabilidad sobre treinta empleados. Una pasada: mis padres no se lo creen y se les cae la baba cada vez que hablan de mí a sus amigos.

Ya se estará usted preguntando para qué carajo le estoy contando mi vida. Verá, a pesar de tenerlo todo, de tener una casa espectacular, muchos apartamentos en los cuales he invertido la mayor parte de mis ahorros, de estar rodeado de gente que «supuestamente» me quiere, me encuentro totalmente vacío y lejos de sentir esa felicidad que todos me suponen por disfrutar de tanto dinero y éxito. Es evidente que tanta psicoterapia, mindfulness, libros de autoayuda y toda clase de conferencias de gurús no me han servido para nada.

Además hace quince días mi vida sufrió un contratiempo que me hizo sentir como si se hubiera truncado de cuajo. Como todos los lunes, iba en mi Porsche Cayenne hacía Salerno, donde tenemos una central de compra. Mientras me acercaba a nuestro almacén, Sara, la mujer de mi hermano Francesco, me llamó y, con el alma destrozada y llorando con un dolor sin límite, me dijo que mi hermano había muerto. Un infarto fulminante le había arrancado la vida mientras hacía deporte con unos compañeros en un partido improvisado de fútbol sala. Ese momento de conversación duró una eternidad: paré el coche y, sin contestarle ni hablar más, me puse a llorar… llorar… llorar sin parar con los brazos apoyados, sin fuerza, en el volante… ¡Me sentí morir, yo también, por dentro! Me dolía todo: la cabeza, las piernas, los ojos, el corazón.

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De repente fue como si mi vida se hubiera parado y desde entonces busco un sentido a la muerte de Francesco y a mi vida, también sin sentido.

Le escribo sin ninguna ambición de nada, ni espero siquiera una respuesta, le he escrito de forma impulsiva, como si de una carta a los Reyes Magos se tratase. A lo mejor lo único que aguardo es el silencio, una falta de respuesta, la nada. Quizás lo que espero es que alguien me diga que no me merezco nada de lo que tengo, por quejarme sin razones. Sencillamente alguien que me diga que no sé vivir, que no sé luchar, que no sé ser feliz.

No le aburro más, le deseo Felices Fiestas y que, ojalá, sea más feliz que yo.

Luigi Esposito

La verdad es que mi primera reacción fue la de llamar a Alfonso y preguntarle por su amigo. Sin embargo, ese día me pilló con las pilas bastante agotadas, como casi siempre me ocurre antes de ir a mi casa en Navidad. La felicidad de volver a casa a ver a mi familia y especialmente a mi madre siempre choca con la tristeza que me aturde al saber que lo que me voy a encontrar es una casa llena de tristeza y un imborrable pesimismo universal.

Por esta razón cogí el toro por los cuernos y decidí contestar a Luigi con una carta que me sirviera de pequeño autoanálisis y chute de energía para enfrentarme al viaje.

Querido Luigi,

Me resulta familiar eso que dices de no saber ser feliz. De tener la sensación de que lo tienes todo y al mismo tiempo no tienes nada. Y, ¿sabes lo que he aprendido en todos estos años de vida y de trabajo? He aprendido a reducir el esfuerzo, la fatiga.

Cuando hago algo, cuando como, cuando entreno, cuando voy en un avión o en un tren, a menudo consigo pararme sobre mi presencia interior; la escucho, la observo, la siento. De esta forma me doy cuenta de si me está costando, si estoy luchando. Si me doy cuenta de que lo que estoy haciendo me está costando algún esfuerzo, me paro y me doy una pequeña bofetada para parar.

Hay otra cosa que hago a menudo: estoy presente, completamente concentrado y encantado realizando lo que yo llamo «acciones mínimas», como tomarme un trago, ver una bonita serie, comer un pedazo de mi chocolate favorito. Cualquier chorrada sin importancia… ¡mínima! No, no lo hago siempre, pero cuando me doy cuenta de que los pensamientos, o peor, las preocupaciones, los nervios, se están adueñando de mí, intento concentrarme al máximo en lo que estoy haciendo en aquel preciso instante. Así, si, por ejemplo, estoy escribiendo, como ahora mismo, lo que intento es concentrarme en este pequeño gesto. Miro mi mano que te escribe y siento mi presencia interior en este acto, totalmente raptado y absorbido por este gesto. Disfrutando del momento y pensando, feliz, que lo que te estoy escribiendo te pueda servir para algo, te pueda relajar en tus preocupaciones, regalar algún momento de pequeña serenidad.

Hace pocos meses, mientras como un idiota romántico y loco de la decoración intentaba encajar una vela en un candelabro demasiado pequeño para tanta cera, me corté de forma idiota la mano derecha. Resultado: una herida considerable y un dedo colgando, lleno de sangre y recogido con una toalla negra. Cogí un taxi lo más rápido que pude para ir al primer hospital que se me ocurrió y en ese taxi, mirando a ese conductor guapo y apenado por mi dolor, sentí paz: una tranquilidad, una serenidad que quizás nunca antes había experimentado. Llegué a urgencias y los enfermeros que me atendieron me miraron con una sonrisa y con la satisfacción y la sorpresa de encontrarse a un paciente que no gritaba, ni se quejaba, que sencillamente les sonreía y miraba en una espera que no se me hizo demasiado larga ni dura. Hoy aún no sé si mi «estado de tranquilidad» sirvió para que la intervención fuera un éxito, pero sí sé que en mi interior la serenidad gana cada vez que me concentro en el momento, en lo que estoy haciendo, por pequeño que sea el gesto o la acción.

Para mí desde hace tiempo no hay casi metas a conseguir, objetivos o grandes retos: están solo las cosas que estoy haciendo con mi yo interior totalmente sumergido en ellas. Este es el antidepresivo más potente que conozco.

Son las pequeñas cosas las que cambian nuestras vidas y no los grandes acontecimientos. Se enferma el que cree que será feliz solo cuando llegue a una meta que ha esperado toda su vida, o peor si está buscando una tras otra nuevas metas que llenen su vida. Se equivoca quien pasa el tiempo quejándose de su vida equivocada.

Friedrich Nietzsche afirmaba: «El hombre NO es la consecuencia de su propia intención, de su voluntad, de un propósito, con él no se intenta alcanzar un ideal de hombre o un ideal de felicidad o un ideal de moralidad, es absurdo querer que nuestro ser tenga sentido en relación a un propósito. Nosotros hemos inventado el concepto de propósito: en la realidad este concepto NO existe. Si somos necesarios, somos un fragmento de destino, somos parte de un TODO».

Estoy seguro, querido Luigi, de que entenderás perfectamente el significado de mis palabras si miras la foto de un cuadro del gran pintor holandés del siglo XVII Jan Vermeer.

Vermeer pinta las acciones mínimas: una mujer que borda, una que cocina, otra que escribe una carta… Pocos cuadros, auténticas obras maestras, pero con algo que las hace únicas, una característica extraordinaria: el artista toma estas acciones mínimas y las llena de luz. Su arte es este: llenar de luz las acciones mínimas, las pequeñas cosas de la vida.

¿Qué necesidad hay de llenar de luz la escena de una mujer que escribe una carta? Pues Vermeer ha entendido más que nadie que hay una luz interior que inunda las acciones mínimas.

Nosotros nos llenamos la cabeza de cosas importantes que queremos realizar, proyectos enormes, ambiciosos, éxitos a conseguir, retos imprescindibles para nuestra felicidad, ¿y luego qué? Vermeer considera, en cambio, que la absoluta felicidad está en las acciones mínimas, justo aquellas que a nosotros casi nunca nos importan y por las que pasamos, ciegos, en búsqueda de la nada.

Casi siempre nos esforzamos en encontrar lo que nos falta. Lo buscamos casi siempre en una parte del mundo o del espíritu excepto donde estamos. Sin embargo, es justo en el sitio que nos ha tocado vivir donde tenemos nuestro tesoro, es ahí donde debemos buscarlo.

Aquel día de mi accidente con la vela, en aquel hospital, incluso en el dolor buscaba la serenidad y la tranquilidad, consciente de que mi herida no era nada grave y que no hacía falta molestar a mi pareja, ni a mi hermana, ni a nadie. Solo necesitaba tranquilizarme en el gesto y relajar los que me rodeaban en ese momento. Nada más.

Querido Luigi, me encantaría conocerte bien. Si te apetece, hablamos después de las fiestas y tomamos un café para charlar tranquilamente sobre tu situación. Ojalá pueda ayudarte a ser más exitoso profesionalmente y feliz personalmente.

Pero mientras tanto deja de ponerte problemas enormes y de buscar consuelo en libros de autoayuda o en interminables clases de yoga, relájate y disfruta de tu día a día, vive tu vida gota a gota y en este vivir encontraras incluso alivio al enorme dolor de la pérdida de tu hermano.

Tu hermano ha muerto y no podrás recuperarlo nunca más pero te ha dejado un legado, el de ser feliz. Deja de quejarse y encuentra en tu felicidad y en el disfrutar de ti y de tus momento una razón de tu existencia y el homenaje más grande para Francesco.

Buon Natale

No hizo falta dejar pasar mucho tiempo para esperar respuesta a mi misiva. A la vuelta de vacaciones de Navidad recibí una llamada de Luigi y quedamos en Roma para vernos y hablar.

Luigi era un elegante y guapo hombre de negocios. Quizás un poco horterilla, con su pelo demasiado estudiado y las cejas depiladas… ¡cosa más que habitual en mi tierra y a la que todavía no me he acostumbrado para nada!

Nos fuimos a tomar una pizza y, después de haberme hecho mil preguntas sobre mi trabajo, Luigi me contó su historia, interesado más que nunca en descubrir en qué podía ayudarle.

Nada más comenzar su relato, me di cuenta de que en realidad Luigi tenía mucho más mérito de lo que modestamente había comentado en su carta. Su empresa era muy exitosa y sus tiendas, una auténtica referencia en Napoli. Lo que pasa es que con tanto trabajo y responsabilidades se había olvidado completamente de sí mismo y del porqué se había empeñado en ser el hombre más rico de la tierra y en emborracharse de dinero para olvidarse de su soledad y ansiedad. Su empresa era muy exitosa pero la llevaba sin la ayuda de casi nadie, obsesionado por la perfección y con unos niveles de exigencia y autoexigencia totalmente absurdos.

Nos pusimos de acuerdo para empezar a trabajar juntos. Puse un par de consultores de mi empresa en Italia para que pudieran realizar un manual de organización que permitieran a Luigi y a su empresa dar el salto definitivo de empresa pequeña a una organización algo más estructurada y con un nivel de delegación mayor en sus subordinados de confianza. Buscamos unos gerentes más maduros para sus tiendas de cabecera y creamos una serie de valores que acompañaran su visión y le hicieran verdaderamente un líder. De esta forma yo pude ocuparme de él a nivel más personal para poder desarrollar algo más sus dudas y miedos personales y trabajar sus áreas de mejora como líder.

Para poder trabajar en ello tuvimos que hacer un pequeño flashback a su adolescencia y juventud, cuando, presa fácil de la droga y los vicios, soñaba como un hippy poder vivir en una playa del Caribe con un chiringuito en la playa. ¿Qué había pasado con ese sueño? ¿Por qué se había trasformado en workaholic? ¿Qué hacer para que Carpe diem fuera su nuevo lema vital?

El proyecto era precioso: hacer que su empresa fuera cada día más exitosa, pero a la vez mi misión consistía en hacerle entender que para contribuir al éxito de su organización necesitaba disfrutar mucho más de la vida.

No fue un camino fácil, pero lo recorrimos juntos, a veces acompañándole como un niño pequeño. El momento clave de nuestro trabajo juntos fue enfrentarnos a lo que había significado para Luigi la muerte de Francesco, su querido hermano. «¿Qué sentido tiene la vida, Euprepio?», me preguntaba con las lágrimas en los ojos y el dolor rozando sus labios. «¿Qué culpa ha tenido mi hermano? ¿Qué Dios es el que se lleva hijos suyos que ni siquiera han vivido lo suficiente para conocerse y amarse?».

—Querido Luigi —le dije—, el tiempo pasa y cada segundo vivido ya no volverá. Nuestra vida, día a día avanza sin frenos y desafortunadamente en muchos casos la vivimos como meros espectadores, pasivo público de un espectáculo que ni siquiera entendemos. Porque la mayoría de las personas se dejan vivir, en vez de intervenir con vigor en el guión de sus propias vidas para modificarlo y hacerlo propio, a medida de sus capacidades y de nuestras responsabilidades y ambiciones.

»Entiendo tus lágrimas y el dolor que te mata día a día por la muerte de tu hermano, pero no dudes en reflexionar en lo triste que es plantearse, como estás haciendo, las cuestiones esenciales de la vida cuando esta te ha enfrentado a una situación limite, desesperada, terrible, sin posibilidad de solución, como es la muerte de tu hermano.

»En este caso, como casi siempre, la muerte de un ser querido o un hecho traumático puede provocarnos una reflexión profunda sobre el sentido de nuestra vida. Quizás por esta razón merece la pena pensar en nuestra vida y tomar consciencia de aquello que le da sentido, reflexionar sobre las cuestiones importantes y definir un propósito por el cual merece la pena vivir. Y lo más importante: disfrutar al máximo de cada momento, de cada acción mínima, de cada pequeña experiencia cotidiana.

»Porque puede ocurrir que, cuando por fin nos damos cuenta de la extraordinaria oportunidad que tenemos de amar, creer y crecer, a lo mejor nos queda poco tiempo para disfrutar del regalo de la vida. Precisamente por esta razón tenemos que ser nosotros mismos: en un ejercicio de consciencia y reflexión profunda, elaboremos ese sentido que queremos darle a nuestra existencia para poder seguir andando en el camino con esperanza, humildad, alegría y buen humor. Somos nosotros los únicos que podemos dar sentido a nuestra vida disfrutando de ella gota a gota, sorbo a sorbo. Cada momento es esencial. No existen pasado y futuro si no sabemos disfrutar de nuestro día con todas las miserias que pueden rodear nuestra historia pero también con todos los momentos que merecen celebraciones y alegrías.

»Luigi, el problema, por lo que comentas, es que hasta la fecha no te has dado cuenta de que el porqué de la vida dependerá de lo que hacemos con ella, de si somos activos o pasivos en vivirla, reactivos o proactivos, positivos o negativos. Tú has tenido mucho mérito en conseguir grandes logros, pero la actitud con la que te has enfrentado a tu vida profesional y más con tu vida sentimental no te ha llevado a disfrutar y ser feliz.

Luigi me miraba con semblante serio pero sereno, sus ojos irradiaban una extraña luz y asentía con su cabeza.

—Euprepio, me falta el amor, me falta una relación estable, no tendré nunca hijos. ¿Seré capaz de amar y ser amado?

Un tsunami de preguntas me invadieron en una búsqueda inmediata de respuestas. Y me di cuenta de que, de repente, esa muerte de su hermano había abierto los ojos a Luigi con dolor, terror, angustia y miedo. Como si se diera cuenta de sopetón de que también a él podían quedarle pocos años, o quizás días. La fragilidad de la vida le desnudó y abrió la puerta a reflexiones y sentimientos que le llevaron a plantearse qué sentido tenía la vida, su vida; qué hacía aquí, para qué estaba viviendo y si el modo en el que lo estaba haciendo tenía sentido.

Luigi se daba cuenta que se había autolimitado y necesitaba volver a soñar y sacar su corazón de esa jaula de metal en la cual lo había tenido encerrado.

Ese era su gran reto

EUPREPIO PADULA

Presidente de Padula&Partners. Experto en liderazgo político y empresarial. Colaborador de diferentes medios de comunicación.

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